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Ana Miriam
Caceres Reyes
d. Aug 22, 2026
Northlake
Thursday
Hoy me toca hacer algo que durante toda mi vida quise que nunca llegara: despedirme de mi mamá.
Cuando yo tenía aproximadamente seis años, recuerdo que en la escuela nos hablaron de la muerte. Creo que fue la primera vez que entendí realmente que nuestros padres no estarían con nosotros para siempre.
Cuando llegué a casa, abracé a mi mamá y lloré. Lloré porque pensé que ella se iba a morir pronto y porque, siendo apenas un niño, no podía imaginar mi vida sin ella.
Han pasado casi 38 años desde aquel día. Y hoy me encuentro nuevamente pensando en aquel niño que abrazaba a su mamá con miedo de perderla.
Mamá, quisiera poder volver a tener seis años por un momento y darte nuevamente aquel abrazo. Solo que esta vez no sería por miedo. Sería para darte las gracias.
Gracias por haber sido una gran madre para tus cinco hijos: Calín, Pedro, Claudia, Lupe y yo, tu hijo menor.
Cinco hijos, cinco vidas que comenzaron gracias a ti y por las que luchaste durante toda tu vida.
Ser madre de cinco hijos no fue fácil. Hubo sacrificios que seguramente nosotros, siendo niños, nunca comprendimos. Muchas veces pusiste nuestras necesidades antes que las tuyas. Te preocupaste por nosotros, luchaste por nosotros y siempre buscaste darnos lo mejor que podías.
Como cualquier familia, tuvimos momentos buenos y momentos difíciles. Pero si hay algo que siempre supimos es que mamá quería lo mejor para sus hijos.
Y entre todas las pruebas que te tocó enfrentar, viviste una de las más dolorosas que puede experimentar una madre: perder a un hijo.
Pedro fue tu segundo hijo, y te tocó hacer algo que nunca debería tocarle hacer a una mamá: enterrar a su propio hijo.
Solo tú supiste cuánto dolor llevaste dentro después de perderlo. Pero aun con ese dolor, seguiste adelante. Seguiste siendo mamá para Calín, Claudia, Lupe y para mí. Seguiste preocupándote por nosotros, aconsejándonos y acompañándonos de la manera que podías.
Y hoy quiero pensar algo que me da mucha paz.
Quiero pensar que después de tantos años, Pedro estaba esperándote.
Que aquel hijo al que un día tuviste que despedir fue uno de los primeros en recibirte.
Y que hoy, después de tantos años separados, madre e hijo están nuevamente juntos.
Mamá, gracias por darme la vida.
Gracias por cuidarnos.
Gracias por tus sacrificios.
Gracias por todo aquello que hiciste por nosotros y que quizás nunca llegamos a conocer.
Gracias por haber buscado siempre lo mejor para tus hijos.
La vida me llevó lejos de Guatemala. Crecí, me convertí en adulto y formé mi propia familia. Pero nunca dejé de ser tu hijo.
Porque no importa cuántos años tengamos: cuando perdemos a nuestra mamá, hay una parte de nosotros que vuelve a ser aquel niño que solamente quiere abrazarla una vez más.
La Biblia dice en Proverbios 31:28:
“Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada.”
Y hoy eso es precisamente lo que hacemos tus hijos.
Hoy Calín, Claudia, Lupe y yo nos levantamos para recordarte y darte las gracias.
Y aunque Pedro no pueda estar físicamente aquí con nosotros, sigue siendo tu hijo. Siempre fuiste y siempre serás mamá de cinco.
Jesús dijo en Juan 11:25:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
Y en Apocalipsis 21:4 encontramos esta promesa:
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.”
Hoy esas palabras significan para mí más que nunca.
Mamá, aquel niño de seis años finalmente tuvo que enfrentar el día que tanto temía.
Pero aquel niño no sabía que Dios todavía le permitiría tener a su mamá durante casi 38 años más.
No sabía que tendría tiempo para crecer, formar una familia, vivir tantas cosas y, a pesar de la distancia y de los años, seguir teniendo a su mamá.
Por eso hoy, junto con el dolor, también quiero sentir agradecimiento.
Agradecimiento porque tuve una mamá.
Porque tuve a mi mamá.
Y porque durante toda mi vida tuve el privilegio de ser el menor de tus cinco hijos.
Hoy me toca dejarte ir, mamá.
Me duele profundamente, pero me consuela saber que ya no estás sufriendo.
Te vas dejando una familia que existe gracias a ti. Dejando hijos, nietos, recuerdos, historias y una parte de ti dentro de cada uno de nosotros.
Calín, Pedro, Claudia, Lupe y yo siempre seremos tus hijos.
Y tú siempre serás nuestra mamá.
Te amo, mamá.
Gracias por todo.
Descansa en paz.
Y cuando veas a Pedro, dale un abrazo muy fuerte de parte de todos nosotros.
Hasta que Dios permita que volvamos a encontrarnos.
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